
En un collado, la artista escuchó a pastores diferenciar corrientes con precisión poética. Nombrar el viento cambió su método: empezó a tallar según la dirección del aire de cada mañana. Su instalación final vibraba sutilmente al atardecer, como si respirara con la ladera entera.

Un invierno nevado bloqueó el gas. El grupo recolectó retamas secas y, guiado por una alfarera mayor, encendió un horno improvisado. El esmalte, alimentado por ceniza vegetal, generó verdes profundos e irrepetibles. De la contingencia nació una paleta que luego recorrió galerías costeras.

Tras noches enteras sin encontrar tono, subió al acantilado antes del alba. Descubrió que la primera luz traía violetas en el agua y rojos mínimos en las rocas. Ajustó mezclas con notas escritas al borde del cuaderno, y la serie finalmente respiró.





